Callejuela del Born. Barcelona.
Barcelona tiene una luz especial. Cuando ví Vicky, Cristina, Barcelona pensé en qué estaba pensando Woody Allen. Tras mi última visita por el barrio del Born en Barcelona lo descubrí. Este barrio, que vive ahora una edad dorada, me demostró que la luz de Barcelona es amarilla. Dorada. De mis acompañantes fuí el único que se dio cuenta, lo que hace del hallazgo y mi relación con la ciudad de Barcino algo más entrañable e íntimo. Woody Allen buscó la luz de Barcelona olvidándose de todo lo demás. Quizá piense igual que yo, porque salvo excepciones, la gente ve su película más como un panfleto turístico que una película.El barrio del Born está muy vivo. Es un sitio excelente para callejear y está lleno de detalles. Barcelona, que como un gigante reptil va cambiando la piel, vive en una mixtura entre lo viejo y lo nuevo palpitante. Las boutiques más caras conviven con las gárgolas y los museos se establecen en viejos palacetes.
La cabeza del barrio es la iglesia de Santa María del Mar. Encerrada entre los andamios de unas obras eternas, que datan de la boda de alguna infanta -la "guapa"-, por dentro encierra la magia del espacio y la luz que sólo se encuentran en algunas catedrales. Alta, esbelta, y también oscura. Sangre, sudor y lágrimas de una devoción santa vilipendiada por la curia. Edificios como este deben llenar de orgullo, y también de fe. Cada cual lo suyo. Triste que digan más las piedras que los Papas.
La "cabeza" de la Iglesia de Santa María del Mar. Barcelona.
La Iglesia de Santa María del Mar por dentro. Barcelona
Tras comer comida japonesa en el Mercado de Santa Catalina, terminamos de recorrer el barrio y fuimos a Badalona. Cualquier ciudad con mar merece la paz y el sosiego que da siempre una ventana abierta. Aunque la gente de Badalona sigue considerándose un pequeño pueblo pesquero, es una ciudad casi más grande -o sin el casi- que Pamplona. Un pueblo que creció de forma irregular y un poco masificada. Lo mejor es su gente, que sigue siendo indefectiblemente de pueblo.
Y como un pueblo con solera, tienen una procesión de semana santa peculiar. Tétrica diría yo. Terrorífica diría hace algunos siglos. Por las calles a oscuras -se apagan las farolas- discurre una procesión en silencio, roto únicamente por algunos tambores y la voz de unos niños recitando unos versos de forma monótona. También pasaron tres mujeres entonando los mismos versos a tres voces de forma armoniosa -tiene un nombre y no lo recuerdo- que me dejó la piel de gallina. Todos vestidos de riguroso negro.
Cuando ví aquello recordé la Santa Compaña, tradicional en las tierras de algunos de mis ancestros, y no pude más que apiadarme de los viajeros que llegaran a aquel pequeño pueblo costero en tales fechas. Aunque por desgracia sigue pasando. Gracias a las prédicas de algunas radios y periódicos, Barcelona y Cataluña/nya parecen apestadas y territorio comanche.
La Antiheroína me comentaba cuando volvíamos para Pompaelo que no entendía a los medios ultras que tachaban el País Catalán como cuna de malechores y terroristas lingüísticos. Por las calles del Born escuchamos todos los idiomas habidos y por haber. Sí es cierto que para algunos españoles, vecinos de penurias y calamidades, les molesta tener que ponerse el chip de "irse al extranjero" para ir a Cataluña/nya. Todo está en catalán, aunque de normal también está en castellano, inglés y francés. Aunque reconocible, sin nuestra intérprete de Badalona nos habrían quedado algunas dudas.
Ni tanto ni tan calvo. Al final todo es preguntar, y los catalanes tienen un espíritu bastante cosmopolita. No les extraña que preguntes. El problema es cuando entramos en el laberinto de los nacionalismos. Yo en ningún momento sentí herida mi sensibilidad española, no tuve problemas de comunicación y no ví apenas reclamaciones nacionalistas en ventanas, balcones ni paredes. Igual por la idiosincrasia del barrio, igual por la realidad de que los catalanes se saben y sienten catalanes y ciudadanos del mundo. En concreto de la zona que se llama España.
Sin entrar en debates estériles, sí que me llamó la atención la eternización de las obras en Barna. Agujereada, con solares, con edificios a medio hacer o medio derribar. Desde Madrid claman que los catalanes se guardan el dinero y parecen nadar en la abundancia. La realidad es otra. Desde la ignorancia y la pereza -no me apetece buscar los datos, esto se trata de impresiones vividas- Madrid vive una remodelación completa y permanente. No sé cuando cambiaron las aceras de Barcelona por última vez, pero hace un tiempo. El metro parece que lo están volviendo a hacer. Y las obras se pueden visitar todos los años.
La inversión que supuso los Juegos Olímpicos queda ya un poco obsoleta. Madrid, mientras no consiga nada más que la candidatura, seguirá recibiendo el dinero de todos los españoles. Sin embargo, en cierto sentido entiendo que en Barcelona quieran una inversión en infraestructuras. Sigue siendo una ciudad modernista cien años después, y el gasto de mantener su patrimonio es una forma de capitalizar su atractivo.
Lo que no podemos olvidar es que la reivindicación catalana debería ser aplicada al resto de España. Tal vez por aporte al PIB o porque la pela es la pela, le duela más a los catalanes. Pero el ombliguismo de Madrid es de aburrimiento. Barcelona es una ciudad más abierta al mundo que sus vecinos, que la temen más que amarla y cuidarla. Vista como rival de la Capital del Reino, es una pena esa rivalidad lacerante.
¿Al final no somos todos españoles?
Salud & aventura!
PD: Próximamente Girona.
