domingo, 12 de junio de 2011

Tambores



"No consigo recordar cómo pude llegar de la orilla hasta mar adentro... ¡Ah, sí, ya lo recuerdo! He muerto en el naufragio de tu barco de guerra traicionero y resucité al tercer día en el psiquiátrico, absurdo invento..."
Roberto Iniesta al final de la canción Jesucristo García, en el directo de Iros todos a tomar por culo, 1997.
 La canción que encabeza este post es del grupo Ulali, que fue en 1987 el primer grupo femenino en renovar la música nativa americana desde sus profundas raíces. No he encontrado una traducción con suficientes garantías, pero la música habla bastante bien por sí sóla. El sonido de los tambores se esconde en el interior de todos nuestros corazones. La evolución es un largo camino y nuestros genes no pueden olvidar lo que son desde anteayer. En los últimos años hemos transformado el mundo con tanta velocidad que el cambio se ha convertido en parte de nosotros. Sin embargo, en el fondo, siguen latiendo los tambores de lo que fuimos.

Nietszche está de moda. Como con toda filosofía, nadie debe tomárselo demasiado en serio, como tampoco nosotros somos serios. Para el bigotón alemán su tiempo, nuestro tiempo, es el del último hombre. Y pese todo, Fiedrich, que así se llamaba el chaval, lo único que hizo toda su vida fue amar la vida. Por algo es el padre del "vitalismo". Ni los nazis entendieron nada ni los sesudos estudios han conseguido abrir la nuez que se esconde entre las letras del autor germano. "Vive, último hombre". Una pena que él, como yo tampoco, como ninguno, sepamos todavía en qué consiste. Tal vez, en el lecho de muerte, la única fuerza democrática del universo nos permita atisbar qué era eso.

Somos hombres muertos. No sólo vivimos en casas muertas, montamos en máquinas muertas, nos comunicamos por aparatos muertos. Esas consideraciones se las dejo a los perroflautas que saludaban al sol, hacían reiki y pontificaban sobre la democracia en las plazas de media España. Hasta el peor de los carroñeros tiene mayor conciencia de lo que él es sobre un montón de huesos que un hippy en la cima de mil montañas. No hablo del New Age, de la espiritualidad o la religión. Hablo de echar una mirada honesta a los ojos de la gente que está a nuestro lado. Sí sólo hay color, formas y la idea de una semejanza que llamamos "humanidad" no lo dudes, estás muerto.

Hace falta más filosofía, quizá menos filósofos. Hobbes, basándose en una máxima latina, ya nos advirtió de que el hombre era un lobo para el hombre. Es cuestión de instintos. En los últimos cien años el hombre ha sido verdugo y salvador de sí mismo una y mil veces. De los animales abyectos y despiadados que pueblan la tierra, sólo aquel capaz de matar por las mayores tonterías ha sido capaz de dominar todos los reinos. O ha sido el único suficientemente ingénuo para pensarlo. También ha sido capaz de la bondad, pero esa dualidad, separada por un etéreo filo, constituye una naturaleza voluble.

Se ha escrito que algún día conseguiremos reducir al hombre a una máquina con precisos mapas del cerebro. Pero mientras tanto tendremos que trabajar con lo que tenemos. Con ese átomo incontrolado que determina los actos de nuestra libertad, con los sentimientos y las pasiones que los encadenan, con la imaginación que ordena y desordena todo a su aire. Y con la razón, castigo y bendición del hombre. Es todo lo que tenemos y es lo que nos convierte en interrogantes. Lo que no podemos dejar, es caer y desfallecer bajo el peso de ese interrogante.

¿Por qué digo ésto? Porque es un buen momento para decidir qué queremos ser. Como señala Sartre, tenemos la terrible responsabilidad de forjar nuestra esencia en un mundo más parecido a un vórtice que a una apacible bola azulada. La lógica, aunque precisa y objetiva, no deja de ser sólo una parte de lo que nos constituye. Pero las leyes no pueden dejar de ser humanas para buscar lo mejor para el hombre. Los lobos que dirigen ahora mismo nuestra sociedad tienen poderosos argumentos, pero es sencillamente porque han decidido ser lobos. Existen otros argumentos y, sobre todo, la posibilidad de crear muchos nuevos. Igual que podemos forjar hombres nuevos.

Se puede luchar contra el instinto. Se puede vivir junto a él. Pero no podemos sucumbir a él y su determinismo. Tampoco tendría sentido obligar a nadie a dejar de ser lo que él quiere ser... pero sí evitar que sea lo que otros quieren que sea. Es difícil hacer ésto, porque ¿cómo evitas que no sean lo que quieres? Consiguiendo estar siempre con otros. Los neocon consideran la sociedad como un puñado de gotas que, aunque se junten en charcos, no dejan de estar aisladas. Pero ellos son los que están verdaderamente solos, son los que están aislados.

¿Qué es Europa? ¿Qué es España? Resultados de la historia y, como tales, tienen cierta inevitabilidad. Pero nadie ha intentado dotarlas de sentido. Estoy cansado de políticos empeñados en desmantelar todo. Yo creo firmemente que la unión hace la fuerza y que existen argumentos suficientes para defenderla. ¿Por qué no un referendum en el que se proponga la unión de los pueblos y no su separación? ¿Por qué no políticas centradas en lo común y no en lo individual?

Da igual que sean pocos. El secreto está en comenzar. Y cuando la gente vea que es bueno, no hará falta convencer. El cristianismo se ha extendido en todo el mundo gracias a los misioneros que proclamaban la buena nueva de un mundo en el que todos eran iguales y los perdedores también tenían su sitio. Un esfuerzo que, desde muy pronto, la Iglesia de Roma y los fanáticos, que nunca entienden nada, han intentado defenestrar. ¿Por qué la gente de ningún sitio se ha puesto de acuerdo para hacer las cosas de otra forma?

No lo sé. Desconozco el ingrediente que hace falta. Ni si quiera si existe.Tal vez debería callarme y ya está. Pero hay veces que el tambor resuena y todo parece más sencillo.

Estar muerto es igual que estar vivo pero contento. Supongo que he resucitado.

Salud & aventura

martes, 7 de junio de 2011

La nota de un hombre muerto

Es curioso cómo muchas veces uno no sabe qué busca y cómo a veces lo encuentra. Me alegra saber que no estaré solo el día en el que me decida a prender fuego al mundo. Quiza por eso me entren tantas ganas de empezar contigo. No a prenderte fuego, sino a prendérselo al mundo. No me va nada bien y cada segundo que pasa es peor. Aunque nunca lo suficiente. Por algo dirán que la vida es eso que sucede justo antes de morirse. Un maldito accidente, pero nada grave. Lo grave de verdad viene después.

Lo realmente triste y absurdo de hacerse adulto es que pierde toda la puta magia estar maldito. Después de pasarse uno toda la vida diciendo que todo es una mierda, te encuentras con que, de repente, es así como tenían que ser las cosas. Y es entonces cuando todo el mundo parece en contra. ¡Cuánto cínico! Me hace gracia que la gente ahora se muestre orgullosa de llamarse "indignada". Lo único que demostramos con cada exalación es que somos imbéciles. Y podría repetirlo mil veces, con toda la razón del mundo, que nadie se daría cuenta. La única magia que queda en el mundo es la peor de las ignorancias. Es lo que pasa cuando condenas a un parásito -la raza humana- a intentar comprender el universo.

Y eso, todo en este punto, me parece una puta mierda. Y aprovecho tus desprevenidas orejas para gritarlo, ¡ESTOY HASTA LOS COJONES DE TODO Y TODOS! No merezco ya ni la posibilidad de quejarme entre los que me rodean porque, claro, somos legión los que empezamos a hacinarnos en el bando de los perdedores. Ahora hasta los que siempre han vivido bien se ponen el brazalete de perdedor y maldito porque hasta la desgracia es una moda. Que no vengan con milongas, hemos sido así de gilipollas siempre. Es inevitable ante esta terrible falta de humildad que padecemos. Pero tiene sentido, mientras nosotros mandamos naves al espacio y todo eso, nuestro pariente más próximo ha aprendido a usar una piedra para cascar nueces. El liberalismo tiene razón en postular que sin competencia el motor productivo se atrofia. Y también la materia gris. No en cuanto a tecnología, pero sí en cuanto valores y sentido común. A veces me acuerdo de lo que dijo aquel profesor calvo de CTI o TCI o como fuere (tengo su libro en frente, Algarra), "hace falta ser un poco más tonto, más ingenuo, y tener más corazón". Nunca nadie, más absolutamente lejos de toda razón, dio en la diana con tanta puntería.

Y te preguntarás por qué digo todo ésto, a qué viene y por qué, pese a todo, te recuerda a todo lo que ya he dicho alguna vez. Pues sencillamente porque estoy hundido. Lo único que me quedaban eran mis principios y la esperanza de que "juntos" iba primero en todas las quinielas. Pero asistimos al experimento sociológico más cruel y gratuito que se ha realizado jamás. Los que dirigen el cotarro están poniendo a prueba el sistema y están descubriendo que el animal bípedo que abandonó la caverna sigue entre nosotros. Tiene el mismo miedo a lo inexplicable, tiene la misma necesidad de interpretar el mundo -o de que se lo interpreten- y sigue sin saber exactamente qué coño hace aquí. Antes nos vendían una respuesta para mantenernos puestas las cadenas. Ahora las cadenas son la única respuesta. Y el dolor, cuando aprietan, la única realidad.

Lo veo cada día en mis alumnos. Mi fracaso como mercenario de la educación y mi fracaso como insuficiente última barrera de contención. Mis alumnos, en muchos casos, se rindieron hace tiempo ante sus dificultades de aprendizaje. Sus losas son diversas, ya pueden ser un diagnóstico más o menos precipitado, un sistema educativo completamente zombi o el simple fracaso de la sociedad, y el tercero en mi haber. ¿Qué les pasa a estos chavales? Yo sólo tengo palabras y esperanza para ellos, porque no puedo construir un sentido entre tanta ruina educativa. Pero lo peor es ver que no tienen motivos. Yo no recuerdo aquel vacío. No recuerdo esa adolescencia, porque para mí aquel vacío generaba hambre, miedo, pánico, ilusión. Me pasé tantos años con la cabeza metida en el culo de la desesperanza para descubrir que yo al menos tenía algo... Porque ellos no tienen nada, sólo la indiferencia. Lo mismo que a mí no me deja dormir, a ellos les hace incapaces de descubrir la verdad. Igual que yo me hundo, ellos también lo harán. Sé que me llamarás exagerado. Pero yo sabía que ésto iba mal desde siempre y, ahora que vemos los dientes, la lengua y hasta la campanilla al lobo -y lo que nos queda- la gente se indigna. Estamos criando niños vacíos, futuros esclavos aún más borregos que nosotros mismos.

Sufro, sufro por un trabajo de mercenario en el que trato con personas. Claro, muchos aprueban, pero yo no tengo nada que ver. Es el sistema el que se arrodilla abriendo cada vez más la puerta. Yo no les explico sólo la materia, a veces ni eso. Les tengo que explicar por qué estamos en crisis, cómo se forman los rayos, qué problema hay en preferir hacer una injusticia que padecerla. Sólo soy un charlatán que se busca el pan como puede y que no puede ayudarles en lo importante. En ese insoportable vacío que a mí no me deja dormir por las noches. ¿Cómo voy a llenar ningún agujero si yo mismo me siento como uno? ¿A dónde voy a mandar a nadie si yo tampoco sé a dónde voy?

Es una presa invisible que cada día se cierra. Antes podía llamarlo depresión, pero sé que ésto no es. La depresión te da ganas de acabar con todo, te hunde en la tristeza y, de vez en cuando, te mete un subidón de estamina para devolverte a la vida. Yo buscaba el sentido y buscaba un lugar dónde agarrarme aunque nunca lo encontrara. Por muy mal que estuviera siempre sabía que había un lugar para una luz pequeña que al menos me recordara la inmensidad de la oscuridad. Ahora no hay nada de eso. Durante mucho tiempo estuve pensando cómo quitarme la vida, pero luego me di cuenta de que no tiene sentido. No sabría expresarlo, pero la idea me parece realmente idiota. Y no es por los que os quedáis aquí. Cuando estás deprimido es el último asidero romántico, se trata de forzar una situación límite que te recuerde por qué has de seguir vivo -o por qué no-. Pero ahora me parece un acto egoísta y sin sentido.

No tiene sentido querer morir cuando ya te sientes muerto. Cuando a veces descubres que llevas un rato sin respirar y sin pensar si quiera. Y te das cuenta de que no estabas tan mal. Lo más triste es que ser un cadáver exquisito hoy en día no vale nada. Hay a patadas. Dirás que no, que el 15M y las revueltas de Oriente Próximo dicen mucho sobre cómo de llenas están nuestras vidas. Pero yo sólo veo cascarones a la deriva reproduciendo lo que ellos creen que es una revolución, reproduciendo lo que ellos creen que es una indignación y añadiendo la pizca de discordancia con el ritmo del mundo. No en vano la dialéctica necesita de opuestos para avanzar. La globalización ha conseguido estandarizar la sociedad, precipitando que la crisis de "nuestra" sociedad, sea el fin de la Sociedad. Los que atisbaron su comienzo fueron listos y firmaron para su final. El Ragnarök da igual que sea en IMAX o en pantallas 3D, es siempre predecible.

Me he encerrado en mí mismo. No puedo escribir, ni tampoco quiero. Solo siento dolor al no poder sentir ninguna de las palabras que escribo. Nunca he creído en nada que esté escrito para no ser leído. Antes sentía que debía decir las cosas y debían ser escuchadas. O que podían serlo. Ahora sin embargo no siento nada. Siento que tengo piedras dentro de mí, pero que tengo que fingir que no. Y cuando intento ser como debo ser me pierdo y toco el fondo. No me siento vivo y sé que no lo estoy. Te escribo esto a tí porque sé que no me vendrás con recetas, con soluciones ni con nada de eso. Todo el mundo tendrá un diagnóstico: soy demasiado vago para encontrar un trabajo, que me encanta quejarme, que necesito unas vacaciones, que soy un exagerado, que siempre igual. Y la verdad es que detrás de mi rostro, de mis palabras y de intentar hacer las cosas bien me siento vacío. Como si la luz que sentía dentro, eso que de niños nos decían nos hacía únicos, fuera sólo ceniza.

¡Claro que da miedo mirar ahí dentro! Tanto como a una herida gangrenada. Antes deseaba que el mundo parase, aunque fuese un segundo, para poder hacerme una composición de lugar. Ahora simplemente espero a que, de un momento a otro, ya sean años o décadas, deje de respirar y se vaya todo al carajo. Para ti mis palabras y mi sonrísa será completamente sincera, pero detrás de ella, y desde hace tiempo, sólo hay vacío y una insufrible sensación de vértigo. Porque de un momento a otro mi propio cascarón se romperá y dejaré de encajar en este dichoso sistema.

¿Sabes cuál es el problema de nuestro mundo? No es la crisis financiera, ni de la cultura ni la de los valores. No es la guerra, ni el hambre ni la estupidez del hombre. El problema del hombre es que yo no sea el único que se siente así y no sepamos cómo pasó. El problema es este terror que no sé expresar con palabras que nos resopla en la nuca y que llevamos demasiado tiempo confundiendo. El problema es que en el fondo de cada uno nosotros habite un monstruo como el que me devora a mí por dentro y que lleve allí desde siempre sin que hayamos visto la solución. Porque es un veneno sin antídoto, indoloro y absolutamente gris. Es la más absoluta y negra desesperanza. Y ahora, es lo único que tengo.

Atentamente.

PD: Gracias David M.F.