miércoles, 22 de septiembre de 2010

Cosas que pasan (XIV): Etiquetas


El otro día me reencontré con antiguos amigos y excompañeros de la carrera. Joan vino desde Barcelona, donde se las apaña trabajando de documentador para exposiciones de arquitectura, tema que le viene de familia. Madita, que es holandesa, y Dani, que es manchego, viven aquí tras conocerse en la universidad. Tanto les ha marcado esta tierra que su hija, Carlota, es una navarra de pelo rubísimo y ojos azules. Ella trabaja de encargada en una tienda y él está becado mientras saca adelante su doctorado. Le viene de familia ya que su padre, que es inglés e hijo de irlandeses, es académico y ciudadano de universidad. Les va bien, eso es lo importante. Lo demás, son etiquetas.

Mientras esperaba el reencuentro decidí sentarme en un banco delante de la parroquia de San Lorenzo, donde se encuentra la capilla de San Fermín, patrón de las fiestas pamplonicas. A mi izquierda se encontraba sentado un caballero bien entrado en años, vestido con un traje y corbata impolutos de color negro. La camisa, por contra, era blanca reluciente. Llevaba el pelo, gris como las nubes del cielo, peinado con esmero y poco acierto hacia atrás. La barba estaba mal afeitada, no por descuido o dejadez, sino por la imposibilidad de hacerlo mejor con aquellos ojos nublados. Lo que me llamó la atención fue la atípica nota de color que pendía de su pantalón. Un gran llavero redondo en el que, detrás del escudo de España, se encontraban los tres colores de la bandera republicana.

Pero todo lo anterior son etiquetas. Las campanas anunciaron la misa de las 8 y media y, el hombre con mucho esfuerzo, se puso de pie. Con dificultad, pasito a pasito y buscando el equilibrio, que diría Fito, se dirigió a la puerta de la iglesia, bajando con dificultad los peldaños hasta perderse en el interior. No entró mucha gente más, pero me pareció curioso. Aquel hombre podría estar despidiendo a su mujer o un amigo, o rememorando su muerte -y su vida-. O simplemente, ir a rezar. La guerra, las banderas y la teoría de la evolución se convirtieron en etiquetas, porque sólo importaba que aquel hombre entró con una sonrisa.
En la universidad donde estudia e investiga Dani ha venido un argentino afincado en Chile. Casado por lo civil y ateo, llama la atención que hayan requerido sus servicios en una universidad del Opus. Siendo un hecho novedoso, Dani se lo trajo con nosotros. No recuerdo su nombre, pero le guié hasta la casa donde dormía porque, al llevar dos días en Pamplona, no sabía orientarse. Con buen argentino era buen conversador y charlamos de todo un poco.

Me dijo que estaba alucinado con la prosperidad que había en Pamplona ya que en los medios de latinoamérica se hablaba de crisis, quiebra, recesión... Pero su Argentina sí que había vivido aquello y, de momento, parecía que aquí no estábamos tan mal. Reflexionamos sobre a quién le interesaría la exageración de la situación dentro y fuera de nuestras fronteras. También me hizo pensar qué información estamos recibiendo.

El hombre también se sorprendió de la falta de cohesión del estado, de los nacionalismos y la división política. "¿Por qué los españoles no quieren serlo?" se preguntaba. Yo le expliqué que desde la ocupación francesa los españoles habíamos estado en guerra con nosotros mismos. Por no aceptarnos y por no aceptar lo de fuera. Que la cumbre de ese conflicto fraticida había sido la guerra civil y que su supuesto epitafio había sido una transición hacia ninguna parte. "Se dijo que todos íbamos a empezar de cero pero los vencedores venían de 40 años de victoria y los derrotados de otros 40 de derrota", intenté resumir. "¿Pero no existió reparación?", preguntó el argentino. Y pensé en los muertos de las cunetas, sin poder ser recordados en paz; en los hombres mutilados en sus conciencias, encerrados en las minas; en los que obtuvieron sus futuras riquezas de la sangre y el escarnio de los vencidos, cuando no directamente de la expropiación. "Al parecer, no es necesaria", le tuve que contestar y él, claro, no daba crédito.
La tranisción.
Tras el tema de la España dividida me preguntó por el terrorismo. Me confesó que había preguntado antes de venir por las precauciones que debía tomar y el nivel de riesgo que corría. Recordaba la bomba de ETA en la universidad hacía poco más de un año y que sentía miedo. Pero que al llegar no había visto ni militares ni presencia policial numerosa. "El indepentismo vasco se basa en una bandera inventada (la ikurriña o 'bandera', obra de Luis Arana), en un idioma inventado (el euskera batua o euskera unido), una historia mitificada y un sentimentalismo romántico basado en el victimismo ante un estado opresor", intenté explicar con rapidez. Él me cuestionó acerca de dónde se aplicaba esa opresión, a lo que no supe contestar. "El euskera se puede hablar con normalidad y las ideas independentistas, mientras no se apoye la violencia, están socialmente aceptadas. Supongo que se trata de que no puedan constituirse en un país independiente. Aquí hay más autonomía que en algunos landers alemanes y mucha más que en Irlanda del Norte, pero siempre se quiere algo más".

"¿No hubo guerra contra los vascos?". No, sí cierta represión cultural durante el franquismo. Pero los vencedores van contra la cultura en todas partes, siempre contra la que no es la suya, y eso pasó en todo el país. "¿Existió un estado vasco?". No, lo más parecido fue el Reino de Navarra que en 1841 pasó a ser provincia de España. "¿Pero entonces, por qué País Vasco y Navarra están separados y por qué no es Navarra el referente del independentismo?" Porque Navarra y País Vasco tienen trayectorias distintas, ya que el País Vasco formó parte de Castilla. Y llevan la batuta en Euskadi porque Sabino Arana nació en Vizcaya. "¿Y no tienen todo en común?" Ciertamente, sí. La tridición y la cultura euskaldún, así como la raíz del idioma, el vasco, es conjunta. Incluso la comparten con Iparralde, la zona norte, que pertenece al sur de Francia. "¿Y en eso no se ponen de acuerdo?". Por desgracia, tampoco. Al mezclar cultura y política se va todo al carajo.


Euskal Herria o la tierra del Pueblo Vasco. vía euskosare

"Entonces, ¿por qué matan?". Y ahí no supe bien que contestar. Le dije que en sus inicios, en el seminario, ETA luchaba por castigar la represión franquista de su tierra. Más que terrorismo, eran como guerrilleros, o esa justificación se daban. Pero que ahora sólo son asesinos y mafiosos que han perdido el norte. Que hay una masa social de gente que los apoya, basado en un teórico independentismo vasco, pero que a mí la Historia me parece más fiable para construir naciones, que la violencia es estéril y el miedo mal comienzo para cualquier proyecto. "¿Y por qué les apoya la gente?". Ya no me quedaban más etiquetas.

Salud & aventura.

PD: todo lo expuesto es cierto (el reencuentro, el anciano, el argentino) pero mis opiniones son sólo eso, opiniones. Yo le intenté argumentar conforme mis conocimientos y experiencias. Le advertí que me dejaba muchas cosas en el tintero y que muy posiblemente se encontraría con gente que le explicase con mayor exactitud y, a lo mejor, de forma opuesta, estos problemas. El ponerlo por escrito, sin embargo, me reafirma en mis convicciones. Espero que nadie me acuse de "intoxicar" al pobre argentino. No lo hice mucho más que la prensa de su país. Y el mío.

viernes, 17 de septiembre de 2010

La generación del porvenir


Javier Álvarez es un cantante madrileño con un puñado de grandes canciones. Una de ellas, La edad del Porvenir, es una canción que siempre me ha hecho pensar. Pensada y compuesta para otra generación, la de aquellos que en los 90 tenían 20 años y que ahora empiezan a enfilar la cuarentena, se ha ganado un hueco en la eternidad. ¿Por qué? Por la vigencia, triste pero cierta, de la letra y título de la canción.

Nunca he tenido sentimientos corporativos. Mis "pertenencias" -de pertenecer a algo- se han circunscrito a mi familia y poco, muy poco, más. La identificación con un colectivo siempre me ha supuesto un problema. Sencillamente porque me asusta la aceptación acrítica con una infinidad de intereses ajenos, con la que parece identificarse el tema. Sólo el verdadero amor -y sí, digo amor- distingue el borreguismo del compromiso por un fin concreto, por terrible o magnífico que sea.

Un fin, al fin y al cabo. Tiene gracia que la toma de conciencia de mi pertenencia a mi generación se produzca cuando ha desaparecido la busqueda de un fin. Cualquier fin. De la generación X a la generación de la droga de los 80. De los JASP a los del 68, los idealistas que trajeron la "democracia". A nosotros, los amantes de las etiquetas, nos han bautizado como la generación "ni ni". Mientras los organismos internacionales alertan de una "generación perdida".

Una alerta para la que no encuentran un Tamiflú, el medicamento milagroso que nos iba a salvar de la pandemia de la gripe A. Por desgracia emplear a los jóvenes no enriquece a las grandes corporaciones y, lo más peligroso, la situación no preocupa ni a los propios afectados. El mundo no nos pertenece y nos dio igual, ya que las generaciones anteriores se fueron colgando medallas y recogiendo los méritos de las anteriores con una salvedad: no quieren pasar el testigo. Nos prefieren tranquilos en el sillón.

Sólo hay que ver las calles. Treintañeros de botellón, mujeres de cuarenta vestidas como niñas, hombres de 50 consumiendo drogas para escarnio de sus hijos. Veinteañeros en perpetua adolescencia, incapaces de andar sin el apoyo superprotector de papá, mamá o la sociedad. Mientras que los jóvenes quieren cuanto antes las ventajas de la vida adulta, traducido en sexo, droga y "hago lo que me da la gana" -al fin y al cabo, es Física o Química-, los maduros quieren todas las ventajas de la eterna juventud, traducido en incapacidad al compromiso -"no estoy preparado"-, irresponsabilidad -"eso no me corresponde" o el perpetuo carpe diem: "aún soy joven, tengo que disfrutar".

El problema, como siempre, sólo se puede contemplar con perspectiva. Si un hombre de 40 años quiere consumir como cuando tenía 20, o tiene menos hijos o no los tiene directamente. Al haber menos jóvenes, baja su interés como objetivo publicitario, por lo que el consumo se reorienta al colectivo más numeroso. No sólo eso, resulta que también son los que mayor poder adquisitivo tienen, porque son los que trabajan. Trabajan más para mantener su poder adquisitivo, trabajan más porque están en edad de trabajar y porque les tocó su ración de prosperidad. Y la culpa es nuestra por vivir por encima de nuestras posibilidades.

En Islandia también van en 4x4 a por los niños.

Papá y mamá tienen que trabajar para recoger a su hijo en el 4x4, para vestirles con la última prenda de marca y para mantenerle entretenido el mayor tiempo posible con lo útimo en ocio. ¿Para qué estudiar si mi padre era pocero y ahora es millonario? ¿Para qué estudiar si mis padres pasan de mí para no tener que discutir? ¿Para qué cambiar si ahora tengo todo a lo que aspiro? A lo que aspiramos los jóvenes es a disfrutar, divertirnos y reducir nuestra conciencia social a un verano solidario en el Sur.

Llegará un momento que las generaciones posteriores a la mía tomen el relevo de la generación predecesora. Y no serán niños rubios de ojos azules, ni me importa. Mi generación está demasiado ocupada divirtiéndose, disfrutando y donando sus 10 euros de paga a Unicef como para ponerse a procrear y lo que conlleva -compromiso, sacrificio-. Además, recortarán en educación para poder mantener a los millones de pensionistas acostumbrados a la vida loca. Esto ya pasa en Alemania, donde necesitarán millones de inmigrantes en los próximos años. Y los que no tienen nada, además de tener más hijos, tienen más hambre que los niños obesos y mimados.

Yo estudié filosofía y peridismo. El segundo es uno de los mercados laborales más vulnerables, rastreros y afectados por la crisis. Del primero me han robado todas las salidas laborales a mi alcance -docencia- con la llegada de Bolonia y los másters. Porque ahora que miles de profesores van a jubilarse, es un buen momento para hacer negocio a costa de mi generación. Por fortuna, existimos para el mercado. Para exprimirnos a nosotros -o nuestros padres- para seguir aumentando los beneficios de este sistema cojonudo.

Desde que escribo -escribía- este blog, me he dado cuenta de que siempre ganan los mismos. Por fortuna, soy igual que los demás. Da igual que no tenga 30 años. Que no me llueva el dinero del cielo como a muchos jóvenes. Soy de la generación del porvenir porque sólo me queda eso.

Ver que queda por venir.



Salud & aventura.