jueves, 13 de mayo de 2010

Error del sistema


“El presupuesto debe equilibrarse, el Tesoro debe ser
reaprovisionado, la deuda pública debe ser disminuida, la arrogancia de
los funcionarios públicos debe ser moderada y controlada y la ayuda a
otros países debe eliminarse para que Roma no vaya a la bancarrota.
La gente debe aprender nuevamente a trabajar, en lugar de vivir a
costa del Estado.”
MARCO TULIO CICERON Año 55 A.C
Rodríguez ha fracasado tanto en su proyecto político como económico, hundido en la zozobra de este comienzo de siglo. No ha estado solo, porque con él se hunde todo un sistema y una visión del mundo tan negligente como eficiente. Porque, no nos engañamos, somos sujetos de la Historia que en un futuro, quizá no muy lejano, ilustrarán los libros -¿los chips?- de historia. O la memoria de lo que quede.

Yo no soy economista ni filósofo. De lo primero soy víctima y de lo segundo tengo lo mismo que todos vosotros. Lo único que sé es que el comunismo teórico fracasó en su aplicación histórica, y que la posibilidad de que se repita nos aterra. Sin embargo nadie dice que el sistema capitalista, que tiene una fermentación ideológica mucho más longeva y cuya aplicicación ha sido celebrada e impulsada desde hace ya más de dos siglos, puede ser el culpable de los millones de personas que viven actualmente en la pobreza y de otros miles de millones que murieron en ella.

También se le puede culpar de la degradación del ecosistema, de acelerar el cambio climático poniendo en peligro el equilibio natural o ecosistema. La sobreexplotación de los recursos naturales y los seres vivos del planeta, en la consecución de una mayor producción y, por ende, de mayores beneficios, ha afectado al planeta. No me lo invento yo, que tampoco soy biólogo, es un hecho constatable al mirar por la ventana.

La exaltación de la búsqueda de la felicidad individual ha sumido en el desamparo los valores sociales como el respeto, la solidaridad o la tolerancia, socavando los pilares de estos: la educación, la justicia o la política. Incluso se ha atrevido a mercantilizarlos, convirtiéndolos en objetos de la oferta y la demanda. Creando hombres huecos, compuestos de conceptos y complementos de quita y pon. Nuestros deseos son guiados, clasificados y explotados.

Nunca, hasta este momento, habíamos tenido tan poca intimidad. La exposición permanente es garantía de seguridad. Y de negocio. La opinión pública actúa de víctima, acusador, juez y ejecutor, aunque sólo se lleve por delante la dignidad de las personas. En un mundo globalizado la verdad desaparece difuminada en millones de impulsos electrónicos. Y su vida también es breve, cosa que interesa cuando se trata de competir en desventaja.

Pero no soy tan necio como para ignorar los incontables progresos que hemos logrado al mando de la máquina del capitalismo. Todos los avances científicos y sociales de nuestro siglo son encomiables, pero es una falacia afirmar que son consecuencia del Capitalismo. La libertad humana se traduce en su capacidad de configurar el mundo a pesar de las circustancias. A lo mejor no habría tanto progreso, a lo mejor habría más igualdad. Y cuando hablo de igualdad, hablo de oportunidades.

Horror del sistema.

El sistema ha fallado, sí, pero también hemos fallado los gestores de su patrimonio. Desde los especuladores y los financieros que arriesgaron hasta el colapso, hasta el currela que se endeudó pensando que todo era jauja. Erramos también como sociedad al no escoger a los mejores para el gobierno, alimentando una casta política que posée nuestra soberanía pero, ahora más que nunca, carece de nuestra confianza.

Y no han faltado luces ni palabras sabias que intentaron orientarnos por el buen camino. No hablo de filósofos, artistas o expertos, que también. Hablo de la voz de la memoria, de nuestros abuelos, de la palabra de la Historia, que aun sin contar con el aval de la razón, sí es franca en cuanto experiencia. Cicerón, el gran orador romano, tenía una receta para una crisis global que llegaría 2065 años después. Y no es visión profética, es sentido común. El Imperio Romano cayó, como también caerá el actual, por la sordera de un pueblo inflado en la riqueza y decadente de entendederas.

La evolución ha demostrado que en el mundo natural la esencia es cambio, y lo sé sin ser físico. Igualmente las relaciones personales y sociales tienen que ir cambiando, adaptándose el sistema. El proceso no puede ser al contrario, porque el sistema fagocita y controla la esencia de lo que en buena parte somos: cambio. Sólo hay que ver cómo consume cualquier cosa -modas, artistas, políticos, pensadores- en cuestión de días, semanas o meses, hasta dar con la siguiente víctima.

Nuestro modelo de vida era insostenible desde el momento en el que para mantenerlo hacía falta tener millones de personas esclavizadas y explotadas. Nuestro modelo de vida se torna inmoral cuando pretendemos perpetuarlo -refundarlo- pese a su inhumandidad manifiesta. En un mundo globalizado e intercomunicado, nuestras voces suenan más solitarias que nunca y han conseguido que no sepamos ni qué pensar, dónde protestar o cómo. Y que la miseria que nos rodea se mantenga gracias a nuestra conciencia culpable e impotencia.

Y no, no es tan sencillo como echar toda la culpa a los bancos y empresarios, que se comportan como niños mal criados y déspotas. Nosotros los hemos alimentado durante años, forjando cada vez más sólidos los eslabones de sus cadenas. Y, aunque su auténtica función sea generar riquezas y progeso para la sociedad entera, su perversión en el lucro sobre todas las cosas ha sido permitida y sostenida por todos nosotros. Todos hemos soñado con serlo algún día.

Tampoco es un problema político exclusivamente. Tenemos lo que tenemos porque exigimos lo que exigimos: nada. De Rodríguez poco más puedo decir. Le gritaron "no nos falles" y falló. No sólo su gestión ha sido regular; ha sucumbido a las circustancias, posiblemente porque nunca quiso ser realista. La idea del talante era fundamental, pero no supo generar cohesión social con su política. Para ello no contó con la ayuda de nuestra derecha política, paradigma de todo lo malo del sistema y de la casta privilegiada en particular: corrupción, demagogia, servilismo, manipulación y mentira. Pero los grandes perdedores son sus bases, que ven la completa pérdida de asideros en los que conformar un opción política coherente o, al menos, convicente.

De iz. a drcha: George Soros, James Simons, John Paulson, Philip Falcone y Kenneth Griffin. Los nuevos depredadores de destrucción masiva. Vía Cotizalia

Lo peor que puede pasar es que se reinicie todo el sistema sin cambiar el programa. Porque empiezo a ver los primeros indicios de un nuevo tipo de depredador al que ya no le preocupa esconderse. La izquierda y la derecha son objetos del pasado, muertos en su propia desidia y empachados de las prebendas del capitalismo. Y ahora se empiezan alzar las voces de "gente normal" que predica en busca de libertad. "Vive y deja vivir" es el lema del que puede vivir, obviamente no del que está al borde del precipicio. Una nueva casta de prohombres dispuestos a forzar la máquinas hasta que su propia defunción carezca de sentido porque no dejarán nada detrás.

¿Qué os puedo decir? Que no se trata de partidismos, no se trata de creencias y que no se trata de buenos o malos. Se trata de todos nosotros y de decidir cómo y qué queremos. El enemigo no es sólo el hombre sin escrúpulos al que le hemos dado más poder que nunca, sino también nuestra propia ignorancia.

No hablo de instaurar un nuevo sistema, hablo de dar el siguiente paso de lo que, espero, sea un largo camino. Como soy un mal nostradamus, seguro que es así y encontramos el camino. Pero convendría darnos prisa.

De lo contrario, perdemos todos.

Salud & aventura.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Cosas que pasan (XIII): Que me sabe a libertad...

Sócrates.

Sócrates dijo una vez una verdad, necesaria para la filosofía y, por tanto, para la vida en general. "Sólo sé que no sé nada". Últimamente le doy muchas vueltas a esto porque, el mundo entero y la realidad, están interconectados y yo, porque lo valgo, los conecto como quiero. Y me acucia la sensación de querer hacer muchas cosas y acabar haciendo ninguna. Mi cabeza anda espesa y mi voluntad se bate en retirada.

La máxima socrática no es en ningún caso un alabanza a la ignorancia. Simplemente señala la certeza de que la búsqueda de un mayor conocimiento generará siempre mayores incógnitas. El intento de satisfacer de forma completa todas nuestras dudas no puede desembocar en otra cosa que no sea el fracaso. Pero por limitación humana y cognoscitiva, no por debilidades en la voluntad. Y eso, por supuesto, no debe hacernos desistir de la búsqueda de conocimiento y progreso; nos debe enseñar que el objetivo debe ser agrandar el horizonte y no cercar a la verdad.

No sé dónde escuché por primera vez aquello de "el que mucho abarca poco aprieta". Lo cierto es que tipos como el artista e inventor Leonardo da Vinci, el multidisciplinar inventor Thomas Alva Edison o el filósofo y matemático Bertrand Russel -ganador de un premio novel... de literatura, a la izquierda- son unos pocos ejemplos de personas que tocaron y tocan con éxito varios palos con notable éxito.

Para mí tener un dominio en alguna cosa me cuesta horrores y por eso me llama la atención aquellos que consiguen hacer miles de cosas y cultivar muchos saberes con un acierto notable. Lo que más me preocupa es dónde se encuentra toda esa gente a la hora de la verdad. Serían guías excelentes en esta isla de ciegos que a veces semeja nuestra península y, por consiguiente, el continente entero.

Tendemos siempre a criticar a los políticos, a los jueces y a los que mandan en general. Cualquier tipo de autoridad impuesta nos crea sarpullidos. Todos sabemos qué está bien y qué está mal, y elegimos a nuestra discreción. Somos capaces de conducir nuestras vidas nosotros solitos, sin que nadie nos diga cómo hacerlo. Ni, por lo tanto, nos ayude. Nosotros sabremos respetar la sociedad porque somos hombres libres y maduros. Y el que no quiera -o pueda-, que se las apañe como pueda.

Todos en el fondo queremos vivir a nuestro aire, amparados por un estado que proteja lo que nos resulta simpático y censure, por contravenir nuestra libertad, aquello que nos resulte molesto. Por supuesto, no todos podemos permitirnos estos lujos. La humanidad, que más o menos considero una, está expandida por todo el globo bajo diferentes yugos y condiciones. Un chino puede quejarse de sus políticos, jueces y demás autoridades con mayor dureza.
Un español de bien intenta buscar un vídeo que insulte al presidente. Ah, no. Vía caglecartoons.com
Y es que, ser liberal y sobrevivir en el intento, sólo se lo pueden permitir unos pocos. Por ejemplo aquellos que arriesgan su dinero -y el nuestro- en arriesgadas operaciones financieras sin ningún tipo de regulación oficial, y que, cuando pierden, exígen ser rescatados sin pagar nada a cambio. O montar una plataforma petrolífera sin planes de respuesta ante un posible accidente y luego evitar responsabilidades.

Pero no hace falta irse tan lejos. Aquí tú puedes pedir a la justicia que deje limpio a tu amigo y ofrecer contrapartidas -¿alguien dijo prevaricar?-. Puedes conseguir que la Justicia se quite la venda y corra como nunca para evitar que un juez pueda mantener su dignidad durante el transcurso de varios procesos irregulares contra él. Y no faltan los borregos y palmeros que claudican y rinden su sentido crítico ante estos nuevos prohombres del ente popular. Y la risa se torna en llanto cuando resulta que van a denunciar a un funcionario que ha descubierto irregularidades en su partido. Ahora es costumbre en España que el caco denuncie a la justicia.

La calle sigue siendo suya y de los suyos. Vía javierastasio

El otro día, jugando al trivial, salió la pregunta de "¿qué político español es el autor de la frase la calle es mía?". Don Manuel Fraga Iribarne, senador en activo en la democracia española y ministro franquista, de la España del aguilucho, pronunció esto durante la masacre de Vitoria de 1976. Visto lo visto, no me extraña que este señor fundara el partido "liberal" por excelencia del panorama español. Es muy fácil hablar de libertad cuando eres tú el que pone las cadenas a los demás y cuando tu libertad es dogma.

La libertad, la libertad, la libertad. No la conocemos y, sinceramente, yo muchas veces renuncio a ella. Porque no hay mayor libertad que elegir tus propias cadenas de forma consciente y comprometida. La libertad es el ejercicio responsable de nuestras decisiones, equivocándonos o no. No hay entorno más proclive a la sensación de libertad que el mar. En él no puedes hacer lo que te de la gana, más bien debes hacer lo que debes que determinación. Y encierra riesgos, conocidos y desconocidos. El mundo y la realidad están interconectados, generando un mar aún más mayor y complejo.

Una tormenta en alta mar. Sentimientos de insignificancia y libertad. Vía Mark Royo Celano
Lo ideal sería que no tuviesen que decirnos qué hacer porque ya lo sabríamos; que no hubiese policía porque nadie violentara al prójimo; que pudiésemos esperar de la justicia y la política el compromiso y la ayuda para conseguir que todos tengamos las mismas opciones ante la loca marea del mundo. Primero igualdad, luego progreso y, tal vez, comprendamos entonces de qué trata la libertad.

Todo esto no se consigue de la noche a la mañana, pero no se puede postergar. Por eso espero, pido y sueño, con que esas personas multidisciplinares, brillantes y de fuertes voluntades nos ayuden a todos a conseguirlo. Qué despierten en lo que alguno -y sabe quién es- llama neonacimiento. Porque el capitalismo sólo ha traído más incógnitas como advierte Sócrates, y este camino no ha terminado. Es absurdo refundar algo obsoleto, es absurdo estar encerrados en la misma dialéctica indefinidamente.

Nadie habló de sacrificio, compromiso y convicción. Se nos habló de libertad y, tal vez, a aquellos destinados a cambiar las cosas, realmente lo que les sabe a libertad es callarse entre tanto ruido.

Salud & aventura. Y auténtica libertad.