lunes, 26 de abril de 2010

En defensa de Jesús de Nazaret


Dicen que cuando todo se vuelve negro y la vida amenaza tormenta, la mejor solución es rezar. Al igual que la ciencia tiene sus fármacos placebos para curar los síntomas de las enfermedades, la psique tiene la religión para aliviar la angustia existencial. Y ciertamente son estos días extraños, de grandes desazones que mi retórica no consigue disipar, bastante propicios. Parece que nadie nota que después de un invierno malo, y el comienzo de una mala primavera, hace falta seguir llorando para sentirnos vivos. Pero sólo sentimos esa tristeza que impregna nuestros corazones. Y el miedo, ese miedo a todo, que cala los huesos como un frío que no se cura con estufas ni mantas.

Siempre me he sentido un romántico, porque no hay mayor vía de escape ante tanta estupidez que ser idealista. Sí, lo sé, ser idealista parece la mayor de todas las memeces, pero en el fondo es la única forma de pisar tierra firme, de seguir con paso firme mi camino. Cuando deseas algo estás un paso más cerca de cambiarlo, que cuando te resignas para que siga igual. Es un compromiso más fuerte que cualquier otro que puedas contraer, porque te va la vida en ello. Y si renuncias, estarás muerto un poco antes de tiempo.

Jesús de Nazaret era un tipo de esos que llevan el compromiso con sus ideales hasta las últimas consecuencias. Igual que Sócrates, que acató las leyes manifiestamente injustas que le llevaron a la muerte, Jesús murió en la cruz por la defensa de unos principios que ahora consideramos universales. Desconozco si era un personaje histórico, si es una reconstrucción de varios personajes o si resulta una invención completa. Lo que es innegable es que Jesús, ese judío comprometido, tenía también un sueño. Como Martin Luther King, por ejemplo.

En la palestina de aquellos años existía una segregación similar a la de los tiempos del activista negro. También era el nazareno un tipo subversivo, como Ghandi, proponiendo acabar con la violencia poniendo la otra mejilla. Como señalaba Aristóteles, es mejor padecer una injusticia que provocarla. Interrogando sinceramente a mi corazón, encuentro que lo contrario sería egoísta.

Jesús ben José era un judío que apostó por los marginados, por los pobres, por los enfermos, por las prostitutas. En aquellos tiempos era algo tan chocante como defender de forma abierta y vehemente el nazismo. Nos parecería atroz y de locos -yo así lo creo-, pero Jesús defendía conceptos peligrosos para el sistema establecido en aquella Palestina. La igualdad entre ricos y pobres, entre hombres y mujeres, entre ciudadanos y gentiles. Defendió que una sociedad no puede abandonar a los más necesitados a su suerte. Y eso siempre, siempre, pone en peligro los privilegios de los poderosos.

Defendió la justicia, el respeto a la individualidad y demostró que todos formábamos parte de algo más. Él lo llamó el Reino de Dios, pero lo podemos llamar comunidad. Nosotros trascendemos en el grupo de personas a la que pertenecemos. No se trata de misticismos ni nada de eso, se trata de evitar que se hunda nuestro barco... el de todos. Conceptos como Estado, República, familia o sociedad dependen de su cohesión, a la que el Nazareno da bastantes y buenos consejos.

Este ilustre judío tampoco era un pusilánime. Era un tipo listo, que conocía las leyes judías perfectamente, y que intentó conciliar la realidad de su tiempo -en su caso la religión judía- con sus postulados. Revistió a Dios de una humanidad que no tenía en el Talmud, convirtiéndolo en un padre más que nunca. Es más, muchas veces pienso que posiblemente nos ha llegado la versión con testosterona, porque su dios es más una madre que cualquier otra cosa.

No dudó en mostrar carácter, como cuando los sacerdotes mercadearon con las obligaciones del Templo. Una cosa es poner la otra mejilla y, otra muy diferente, ser gilipollas. Jesús también tiene miedo, también se siente perdido -"padre, ¿me has abandonado?"- y también se siente superado. Normal que nadie lo reconociera como el Rey de los judíos. En la política y la religión la debilidad y la duda son anatemas.

Yo, cuando pienso en Jesús, suelo acordarme de la sonrisa de un sacerdote claretiando de mi colegio. Ahora me doy cuenta de que mis valores y mis creencias quedaron marcadas por aquel hombre. No me enseñó ni el padre nuestro ni el catecismo. Me enseñó que servir merecía la pena, que estamos juntos en este barco y que, muchas veces, el corazón es la herramienta más eficaz para buscar soluciones. Me enseñó que el amor no era una palabra ñoña sin más, que la historia se equivoca y que una vida egoísta era una pérdida de tiempo. Puedo decir que soy mejor persona gracias a él, que nunca me exigió mayor prueba de fe que aprender en clase y vivir honestamente fuera de ella.

La religión de los grandes conceptos, de ritos y sacramentos, me quedó muy lejos. Tras estudiar filosofía con los tomistas de la Universidad de Navarra, llegué a la conclusión de que la trascendencia está muy bien, pero soy incapaz de creer en ella. Para mí dios es una respuesta a una necesidad, y no una sencilla. La fe es un tesoro, un regalo, siempre que se sepa en qué consiste. No se trata de obediencia ciega, sino del calor de una convicción que no restringe la libertad de los demás, más bien agranda la tuya.

La religión, la fe, es incomprendida. No puede ser impuesta con el terror, no puede ser domesticada con parafernalia vacía. No debemos tener miedo a pecar, sino a la falta de coherencia. No basta con 10 mandamientos, 5 avemarías y un dogma para sentirse en comunión con tu gente, con la naturaleza o con las sombras del espíritu. Una curia, una jerarquía, un estado, un servicio secreto, una inquisición, una banca, un ejército para decir al mundo "amaos como yo os he amado". Dios me libre del amor de esa supuesta iglesia.

Parece mentira que un mensaje tan sencillo como el de Jesús haya dado para tanto. Para las reducciones jesuitas del amazonas, auténticos paraísos en la tierra que amenazaron al poder terreno y divino. ¿Cómo encadenar con el miedo las voluntades, postergándolas a un paraíso futuro, si bajo la doctina del fundador de la Iglesia se puede vivir ese reino divino aquí? Cuanto miedo, cuanta mentira y cuanta ignorancia evangélica. Monseñor Romero o Teresa de Calcuta, son dos ejemplos de personas que se batieron el cobre por los pobres lejos de lujos cardenalicios.

Pensadores como Hans Küng, Jacques Gaillot o Leonardo Boff han quedado en un segundo plano, mientras la Iglesia ha defendido su autoridad divina bajo montañas de errores humanos. Los casos de pederastia son sólo la cúspide de un camino largo tiempo equivocado. Prácticamente desde la muerte del mismo Jesús. Y sin embargo sigue habiendo personas que ponen su fe al servicio de los demás.

Gracias a Martín, Iosu, Jesús (DEP), Juan Ignacio, Jose Mari, Imanol Calvo, Fernando y Paloma, Borja Nuñez, Plácido y tantos otros que he tenido el placer de conocer. Sacerdotes, catequistas, misioneros o simple gente de fe que me ha acompañado en mi camino. Porque, como Voltaire, puedo no estar de acuerdo en algunas cosas, pero sé que con ellos el mundo es un lugar mejor. Igual que muchos judíos, budistas o islamistas que trabajan por un mundo mejor y más justo. Que los hay.

No voy a caer en el juego de la Iglesia. Yo voy a seguir creyendo en la gente que, independientemente y, muchas veces, a pesar de la ella, siguen preservando el mensaje de ese hombre excepcional que fue Jesús de Nazaret. Seré ateo, pero mi fe en la gente y mi admiración por Jesús, me convierte en mejor cristiano que el colegio cardenalicio en pleno. Y a vosotros.

Salud & aventura. Y si tenéis suerte, fe y esperanza. En lo que os plazca*.

*Porque no me olvido de lo que se juega el Barça esta semana, Arnau. ¡Suerte!

jueves, 15 de abril de 2010

Días extraños


En 1995 una directora de cine poco convencional filmó la película Días extraños, que mezclaba una trama futurista -sita en el año 2000- con acción y suspense. Esa directora era Kathryn Bigelow, que ya había conseguido reconocimiento en 1991 gracias a Le llamaban Bodhi, con un jovencísimo Keanu Reeves y Patrick Swayze; justo el mismo año en que se acabó su matrimonio con James Cameron, que ya había dirigido Terminator y la segunda parte de Alien.

¿Por qué digo ésto? Porque ha sido en 2010 cuando aquella peculiar directora, centrada siempre en temas masculinos, se ha convertido en la primera mujer en ganar un Oscar a la mejor dirección. Precisamente frente a su ex-pareja, Cameron, y con una cinta bélica, En tierra hostil. No sólo eso, sino que además la cinta de su marido ha batido todos los records de taquilla, reinventando el cine en 3D, mientras que la suya es una modesta -modestísima comparando presupuestos- película que fue recogida tibiamente en los cines durante su estreno.

La película de 1995 hablaba de un futuro -ya pasado- en el que se podía traficar con las sensaciones y los recuerdos, utilizándose como drogas duras. Vivir un atraco, una violación o un asesinato en primera persona son las cosas con las que disfrutaban los yonkis de ese futuro alternativo. En 2010, en el mundo real, lo más parecido es el 3D que arrasa en la taquilla y mata lentamente al cine. Al menos el que se preocupaba por sumergirnos en una historia. Como toda droga, también deteriora a la par que entretiene.

Miro a mi alrededor y siento que, a pesar de todo, también vivimos días extraños. Ayer en el autobús viajaba una mujer con su hijo, un niño rubio -pelo corto- y ojos claros. Piel blanca, un rostro bonito, de sonrisa sincera. Su madre compartía con él todos esos rasgos, sólo que con el cabello más largo y la sonrisa más generosa. Lo único que desentonaba era el feo moratón que rodeaba su ojo derecho y que, la alegría de estar con su hijo, no disimulaba. Igual se había caído por unas escaleras, o se había pegado con una puerta. Yo no lo sé pero, lo que sí sé, es que me dió vergüenza y pena. Honda. Y se trataban de sonrisas.

Últimamente me cuesta escribir. Es más, no escribo. Pierdo mi tiempo en rompecabezas mecánicos, anodinos y de satisfacción etérea e inmediata. Simplemente porque me dan miedo estos tiempos extraños. Se me agolpan las ideas, las sensaciones y las inseguridades. Leo a los filósofos y hablan del eterno retorno, del sentido cíclico de la vida. De sus fines, causas y condiciones. Y aún siento más miedo, más abandono y más ganas tengo de esconderme hasta que todo pase. Pase lo que tenga que pasar.

¿Qué nos pasa? Como dice Fito en la canción Abrazado a la tristeza, "menos mal que con las balas no se matan las palabras", pero qué triste que lo único que nos disuada de hacer una cosa u otra sean ellas, las balas... y las palabras ya no valgan nada. El miedo a perder la propia vida, tal y cómo la conocemos, es el único despertador de las conciencias. Sólo cuando ese ojo amoratado emborrona nuestra sonrisa, o de quién queremos, es cuando comprendemos que algo está mal. Que quizá, sean días extraños.

Y, ¿por qué no sonreír? Si todo pasa, si todo en la vida se repite y, en el fondo, "qué más da", ¿por qué no puedo sonreír? Dicen que uno de los males de nuestra sociedad es la depresión, como si se tratase de un nuevo virus. Un catarro, una infección que curar con antibióticos de optimismo y buenas intenciones. Igual, simplemente, en estos días extraños hay cosas que no nos hacen ni puta gracia pero, tristemente, no podemos afrontarlo. ¿Por qué, si todo es tan perfecto, siento que algo va tan mal? La confusión lleva a la soledad y, la soledad, a la tristeza.

¿Qué tenemos en la vida? Una voz, un voto. Y los dos valen bien poco. Nos cortan las alas antes de iniciar el vuelo, nos llaman a luchar por causas perdidas. Preferimos el combate estéril a tener que hacer frente a los cambios necesarios. Mirad nuestros políticos, depositarios de nuestra voz y voto, nunca de nuestra confianza. Matan moscas a cañonazos y ponen tiritas a los hilillos de plastilina. Qué lejos queda el sacrificio, qué lejos la identidad con una patria que no entiende de banderas, que es la dignidad. Asistimos a la violación de nuestra inteligencia en primera persona, a las mentiras y corruptelas de un mundo amañado, en el que el espectador sólo sabe, con suerte, cuando toca reír y cuando llorar. Todos rendidos al espectáculo, al pan y circo.

No sé, puede que no quiera pensar o, simplemente, que me sepa a libertad callarme entre tanto ruido, que dice Poncho K en Una historia con las manos. Diréis que no hay motivos, y es cierto. La mujer del autobús sonreía, a pesar de los días extraños. Así hasta que la maten y en algunas conciencias muera para siempre esa sonrisa. Muera con ella también un poco de nosotros.

Las épocas de revoluciones eran tiempos interesantes. Ahora sólo tenemos días extraños.

Salud & aventura.