martes, 17 de febrero de 2015

Neoindignados

¡Indignaos! (Stéphane Hessel, 2010) fue un libro que parecía destinado a marcar a una generación postcapitalista harta de la inhumanidad de los mercados y sus adláteres. La crisis estaba poniendo fecha de caducidad al chiringuito de las mafias financieras y de los políticos de hojalata, la primavera árabe hacía resurgir el espíritu revolucionario y las banderas de las libertades hondeaban con anhelados vientos de cambio. Occidente, Europa, nosotros, debíamos indignarnos porque nos querían quitar los derechos que habíamos ido ganando a lo largo de los últimos dos siglos. A nadie pareció importarle que nuestras políticas, nuestras libertades, nuestros derechos, se hubiesen cimentado en el sufrimiento de millones de personas, que "oh, sorpresa", siguen igual o peor que antes.

Abrazamos el suelo de la plaza de sol, nos enfurecimos en twitter y Facebook, leímos a todos los economistas que afirmaban que ahora estábamos en guerra con Eurasia, u Oceanía, dependiendo de la prima de riesgo. Prometimos y juramos no volver a votar a corruptos, a perseguirlos y a hacer pagar todos sus pecados. Hablamos de cambiar el modelo, del decrecimiento, de comenzar un diálogo sincero sobre las necesidades de nuestro planeta y nuestra especie. En un acto de reflexión sin precedentes, el pequeño estadista que llevábamos dentro comenzó a ordenar y a arreglar el mundo desde las barras de los bares, los bancos de los parques y plataformas como change.org. ¿Qué podía ir mal?

En 2011 ganaba Rajoy las elecciones en España. Muchos indignados se quedaron en casa ante el dilema de votar a Kang o a Kodos, o lo que es lo mismo, elegir entre lo malo y lo peor. En 2012 los griegos votaron a Nueva Democracia, el partido que había falseado sus cuentas y había perpetuado el insostenible sistema que los arrojó a la crisis. Sarkozy, el gnomo de jardín de Carla Bruni, había afirmado en 2008 que había que "refundar el capitalismo". Pero los indignados se limitaron a indignarse supongo, no a escucharle. Porque la realidad es que 5 años después del grito de "¡indignaos!", todo fue una bonita campaña de marketing que espero haya dado al señor Hessel un buen pellizco para su jubilación.

Nunca existió el 15m más allá de su capacidad de generar una tendencia. Los que afirman que Podemos es su concreción política tienen parte de razón, en cuanto están capitalizando el cabreo de la gente, pero poco más. Los indignados no fueron más que personas muy enfadadas porque al final los desmanes de los poderosos les habían dejado el culo pelado. Las crisis humanas en África, los gobiernos despóticos árabes, los abusos chinos sobre el Tibet (y su propia población, porque, ejem, es una DICTADURA), el caos ruso... nada tenían que ver con nosotros. La deslocalización, el turismo sexual, el deterioro medioambiental... fruslerías y zarandajas. Vamos a ver, no nos preocupábamos cuando moría gente en nuestras fronteras, en nuestras calles. El sistema funcionaba como la seda.

Como cuando murieron cientos de personas en Bangladesh en el derrumbe de una fábrica textil. Porque nos gusta ir bien vestidos, pero si puede ser barato, mejor. No voy a aleccionar de los riesgos de la economía de consumo, ¿pero quién se acuerda de aquella gente? Yo el otro día fui a comprar y no lo tuve en cuenta. Como tampoco miro los códigos de barra para saber si el país que produce mi comida bombardea a población civil como represalia de actos de unos pocos, asesina a estudiantes indefensos o invierte miles de millones en masacrar a sus vecinos. Lo que realmente me jodía era no tener un trabajo para poder comprar más. Sí, soy un monstruo. Como esos fanáticos que desafían los postulados de ser un "país del primer mundo" sembrando el terror con un arma automática y muy poco seso.

Cinco años después del grito de "¡indignaos!" los dados han vuelto a rodar y ya está todo el mundo en su sitio otra vez. Como dicen en la tele, ha comenzado un ciclo de recuperación a pesar de nosotros. Todos aquellos que estaban enfadados han encontrado el reiki, el veganismo, a Elon Munsk, un trabajo basura, el grafeno, otro país en el que exiliarse o cualquier otra excusa para no estar tan enfadado. Hasta nuestro queridos actores han dejado de protestar, ahora que la gente parece que va al cine. Nada de lo que se rompió hace 5 años se ha arreglado, de hecho estamos objetivamente peor y con pronóstico desfavorable, pero está bien. Ya no está de moda estar enfadado. No es tendencia, no es trending topic.

Volvemos a rehacer nuestras vidas. Porque no nos engañemos, la España de 2015 es mucho mejor que la Siria de 2010, 2013 o 2015 (de primavera árabe a invierno nuclear integrista). O que Haiti, donde deben seguir esperando la ayuda prometida por un montón de instituciones. A pesar de los millones de personas en la pobreza que hay aquí, a pesar de las condiciones lamentables del mercado del trabajo, a pesar de la contaminación escandalosas de nuestras ciudades... estamos mucho mejor que en Pekín, Santiago de Cuba o en un suburbio de Detroit. Estamos tan bien que nos hemos acostumbrado al cabreo. Tanto es así que ahora la moda pasa por ir contra los enfadados y abrazar el optimismo desconcertante de nuestros gobernantes.

Cada vez nuestra estupidez es más trepidante. O tal vez sea la realidad la que es trepidante y la que justifica nuestro preocupante déficit de atención. Todo el mundo recuerda la revista Charlie Hebdo, todos fuimos Charlie, pero nadie sabe ni una sola película del director danés asesinado por otro descerebrado en Copenhage. Y eso que hubo algunos católicos que afirmaron que "no eran Charlie" porque era un irrespetuoso. Oh, benditos visionarios. La gente se volcó con aquel asesinato, con políticos batiendo todos los niveles de hipocresía al irse a manifestar a París. Sin embargo nadie habló del loco que mató a tres musulmanes en Carolina del Norte mientras los estadounidenses iban a rendir tributo al mayor asesino de la historia de su ejército en los cines. Porque es una peli de Clint Eastwood.

Somos unos hipócritas y la crisis nos ha empobrecido, nos ha embrutecido, nos ha mutilado... pero no nos ha hecho cambiar un ápice. Ahora la base social que debería impulsar un cambio verdadero se resquebraja. Lo vemos en Grecia, donde unos señores dicen que van a hacer lo que pidieron sus votantes  y el mundo se escandaliza. Yo entiendo a los señores de la Troika, lo habitual es hacer otra cosa a lo que prometías cuando te votaron. Es lo que se ha hecho siempre. Podías prometer que no subirías el IVA o "el pleno empleo" y luego hacer lo que te diera la gana. Lo populista es prometer hacer algo, que te voten y... ¡cumplirlo! ¡Serán hijos de puta!

Wolfgang Schäuble sabe que los votantes griegos no saben votar, porque para algo inventaron ellos la democracia. Y además son unos corruptos, porque todos sabemos que a las naciones se les juzgan por sus acciones. Por eso los alemanes, tras comenzar dos guerras mundiales, son unos vecinos responsables. Pero volviendo al problema griego, por mucho que hayan votado una cosa, han votado mal. El problema no es la irrealidad del problema de Syriza, el problema es que ahora han indignado a la banca y a sus socios. ¿Pero qué se han creído los griegos? La democracia, ese bien que exportamos con bombas de racimo a Irak, Afganistán o Korea, sólo funciona cuando todo el mundo vota lo que queremos que se vote. El paternalismo homicida de la ilustración no ha desaparecido y campa a sus anchas en las cúspides europeas.

Y aquí, como siempre, tenemos un vodevil esperpéntico por el cual deberían expulsarnos de cualquier organización o institución respetable. Tenemos un gobierno inoperante, corrupto y servil acogotado por un partido con menos de un año de vida. Y como no han hecho nada en los tres años que llevamos padeciéndolos, su estrategia es mentir por los medios de comunicación y enmierdar a la competencia, tanto interna como externa. Y los demás han tomado ejemplo y se aplican con alegría a la misma tarea. Usan la justicia, los medios, la opinión pública... todo. Es vomitivo.

Y la gente se cansa. Empieza a decir "todos son iguales" y a plantearse para qué tanto cambio. ¿Conducir coches más pequeños? ¿Cambiar menos de ropa? O peor, ¿pagar más por las cosas? ¿Salir a la calle a protestar? O peor, ¿buscar alternativas? Porque las hay. Por ejemplo, el dilema no es Podemos o el binomio PP y el otro, hay más partidos. Equo, el RCN-NOK (que nunca miente sobre sus objetivos), Baztarre, Partido X, Partido Pirata... Hay un montón de partidos que no han tenido cuotas de poder y están tan lejos de la atención mediática que posiblemente tengan cosas interesantes que decir. Porque el problema de Podemos es que los mismos que los han empujado delante de los focos, los están quemando con ellos. 

Y luego estamos nosotros. De las personas que más me fascinan, los mejores son esos que no proponen soluciones pero critican a los que lo intentan, a los que se ilusionan. Los que llaman a los podemitas ingenuos. Bueno, al menos lo intentan, buscan un cambio pequeño pero significativo. Esos neoindignados que ahora critican absolutamente todo sólo buscan que todo siga igual, y son el enemigo, el mío al menos. La crisis y el movimiento indignado ha demostrado que el cambio sólo es posible desde las instituciones, con el voto. Yo pondría en un escaño a mi vecino, a mi compañero o a ti, antes que los ridículos candidatos de antaño. Porque peor no lo ibas a hacer, y al menos intentarías hacerlo bien desde la más completa ignorancia. Queda mucho margen hasta tocar fondo, margen que hay que usar para cambiar las cosas. Yo presento mi candidatura a hacer que cada día, en mi entorno, los días sean más potables. Y ese es un comienzo. Si tú no quieres, seguirás igual. ¿Es lo que quieres? Enhorabuena.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Culpables


Lo reconozco. Soy culpable. Es mejor dejarlo claro ahora y así evitar el estruendoso juicio mediático que podría surgir si algún día soy una persona reconocida socialmente. Porque soy, a efectos prácticos, igual que cualquier otro tipo de escoria. Lo reconozco, he cobrado en negro dentro de sobres. He robado a particulares y empresas. He evadido impuestos haciendo uso de un paraíso fiscal. He traficado. He consumido y consumo drogas. He llevado armas sin licencia. He mentido para obtener privilegios de la administración, y he ayudado a conseguirlos. He utilizado mi influencia para obtener concesiones con la burocacria y obtener información confidencial. He tenido conductas temerarias al volante, y también se podría decir que he conducido bebido. Soy cómplice de empresarios corruptos que arrasan con el medio ambiente y la vida de otras personas. He arrebatado la vida y torturado a otros seres vivos. He maltratado a menores, y qué demonios, también a mayores. He disfrutado y he procurado el enchufismo, y lo haría ahora con mucho gusto. He realizado trabajos para los que me sabía entre nada y absolutamente nada cualificado, sólo por la pasta. He sido infiel, tanto en el sexo, como como en la amistad y el amor. He levantado falso testimonio, he celebrado la injusticia, el dolor y la angustia padecida por mis enemigos. 

Soy un inmoral y un cobarde. No he alzado siempre mi voz contra los abusos del poder y he mentido y alimentado las mentiras de otros para mi propia comodidad. Porque he sido egoísta con lo poco que he tenido, que es mucho, y he sido envidioso de mucho de lo que me faltaba, que es poco. Me he guiado por la lujuria y la gula, y muchas veces me he dajado llevar por la ira. He sido codicioso con mis complejos, y al reconocer orgulloso que soy un pecador, demuestro ser un soberbio. No soy consciente del sufrimiento de los desahuciados, parados de larga duración, inmigrantes sin prestación sanitaria, dependientes y demás personas en desamparo. No, y además sé que algo habrán hecho. Pedir préstamos que no podían pagar, no buscar una carrera con futuro, buscar en otro país lo que no les corresponde o pretender que los demás carguemos con sus taras. Sí, yo he apoyado gobiernos cómplices de tu pobreza y la mía. Lo reconozco, yo también soy el culpable de esta crisis interminable.

Y ya está. Cuando odieis a la casta, a los privilegiados, a los ladrones, a los mentirosos, a los pobres, a los yonkis, a los asesinos, a los corruptos, a los maltratadores, a los populistas, a los pecadores, a los religiosos, a los fanáticos, a los malvados y a los rastreros, pensad en mí si queréis. No lo hagáis cuando odiéis a los que copian en los exámenes, porque mira, eso no lo he hecho nunca. Pero todo lo demás, SÍ. Sé que esta declaración hará que muchos consideren que me inhabilita para poder criticar a cualquier persona, de aquí a Vladivostok y más allá, pero estoy harto. Harto de que los criminales nos metan a todos en su saco, abusando de las palabras de Jesús ben José, "el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra". Obviamente prefieren acudir a la cita bíblica que al refranero popular: "ver la paja en el ojo ajeno, y no la viga en el propio". Sí, yo he hecho cosas mal. Pero sé muy bien a quién quiero ver conmigo en el infierno.

La pureza no existe, tan sólo en la ficción o en las mentes enajenadas. Pretender que el pueblo tenga legitimidad moral por ser simplemente eso, pueblo, es tan ridículo como decir que la tienen los ricos simplemente por ser ricos. Ese no es el dilema al que nos enfrentamos. El mundo que creamos cada día está perlado de mezquindades. Nuestra naturaleza, si fue creada por algún dios, fue un experimento fallido. Para los cánones morales de lo políticamente correcto, somos una plaga. No sólo nuestros políticos, no sólo las cloacas de nuestra sociedad, absolutamente todo esta pervertido. Da igual las excepciones que hagamos, los límites arbitrarios que pongamos. Todos nuestros miedos y demonios no son más que reflejos de nuestra culpa, del terror de asomarse a nuestras miserias cotidianas. Y golpeándome en el pecho, yo repito el mantra: por mi culpa, por mi gran culpa. Es lo que soy, es lo que he sido.

La culpa inconmensurable que me embarga, sin embargo, contrasta con la desvergüenza de los que se vanaglorian de su debilidad, de su errar. Los que dicen "todos somos iguales" o consienten con el estómago lleno "el mal menor". ¿Es lo mismo conducir tras tomar un cerveza que hacerlo con varias copas y matar a un peatón? ¿Es lo mismo pedir al mecánico la factura sin IVA que estafar a miles de preferentistas? ¿Es lo mismo usar un iPhone que evadir miles de millones de euros en paraísos fiscales "hermanos"? ¿Es lo mismo comer un filete que torturar un perro? ¿Es lo mismo condenar a una nación a enterrar su futuro que dejar a fondos de inversión millonarios sin legítimos beneficios? ¿Es igual apoyar a tu equipo "hasta la muerte" que defender tu religión hasta la muerte? Os parecerá que todas estas cuestiones tienen una respuesta sencilla, pero no es verdad. El dilema moral no tiene su respuesta en libros, ni de dioses ni de leyes. El dilema moral está en cada uno de nosotros. Y somos jueces, víctimas y verdugos. Es tan fácil delegar y no tener que decidir, para poder quejarte cuando te convenga...

Yo sé que la gente puede cometer errores. Puede ser por ignorancia o desesperación. Yo sé que a algunos nos cuesta lidiar con la frustración, que muchos preferimos el camino fácil en ocasiones, y que no estamos pensando en los demás todo el rato. Nos ensimismasmos, intentando huir de lo que nos hace daño, y a veces eso genera que perdamos la dimensión social que nos corresponde. Yo soy culpable, y puedo entender a todos los que tengan la desgracia de haberse equivocado. Pero esto no me inhabilita para denunciar lo que me parezca mal. Discúlpenme los ladrones y asesinos de los parlamentos, los señores feudales de las oficinas de las grandes compañías, e incluso los fanáticos que tienen la desgracia de cagar pedazos de su cerebro cada mañana. Los señoritos millonarios del deporte y sus fortunas a buen recaudo en el paraíso, los periodistas serviles con lenguas de serpiente y sus hooligans. Vuestra culpa no la comparto, porque sólo os corresponde a vosotros. Sólo os pido la voluntad de enmendar vuestras acciones, de ser responsables y afrontar las consecuencias. ¿Es demasiado?

Ah, que no se trata de eso... Nuestros fallos son sólo una parte de lo que nos define. Trabajamos, sobrevivimos, compartimos, rectificamos, pedimos perdón, nos arrepentimos, pagamos las deudas, ayudamos al de al lado, inventamos un futuro mejor cada día en universidades, escuelas y laboratorios de todo el mundo. Luchamos contra lo peor de nosotros. Y cuando pecamos, lo hacemos a lo grande siempre que no hagamos daño a los otros, porque entre lo bueno y lo malo hay muchas líneas difusas. Cada día tenemos que decidir, y aunque parezca mentira, la mayoría de las veces acertamos. Podemos equivocarnos una y mil veces, pero mañana hay una nueva oportunidad de aprender sobre nosotros. Sólo aquellos miopes y sinvergüenzas que se creen que están por encima de los demás están condenados.

Sí, soy culpable. Sé cuando hice bien y cuando hice mal. Sé qué deudas tengo y por qué tengo que pedir perdón. Estoy tranquilo, porque yo sé de qué soy culpable y de qué soy capaz. Sé a quién puedo perdonar y a quién no. Basta ya de convertir nuestras pajas del ojo en vigas enormes mientras permitimos que los que tienen vigas las exhiban mientras manipulan la judicatura y la democracia entera. No somos iguales, da igual lo que digan las leyes, lo que digan los profetas o los tertulianos. Nuestra voluntad y decisión es la única capaz de cambiar el mundo, y si lo hacemos juntos, será mejor. De ahí nacen las bases del consenso, no de papeles mojados escritos por quienes nos intentan convencer de nuestra responsabilidad solidaria en sus tejemanejes. Y con todo, a veces pienso que la culpa también puede ser una excusa perfecta. Porque si me quitan las opciones, si sólo soy un bárbaro con un número de indentificación y poco más... no tendré que obedecer las leyes nunca más. Al menos las suyas.

Salud & aventura.